Archivos para octubre, 2016

A veces

Publicado: octubre 11, 2016 en Uncategorized

A veces es una tormenta. Y no llevamos paraguas. Y no tenemos a nadie que nos cobije. Y nos cala hasta los huesos.


Y a veces es un vendaval. Y se lleva cosas. Y trae otras. Y las que se lleva son buenas. Y las que trae no lo son.

Y a veces es un huracán. Y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Y sólo deja tristeza y desolación.

Y a veces es un terremoto. Y hace temblar hasta las torres más altas. Y las hace caer. Y no importa lo fuertes que sean los cimientos.

Y a veces es un incendio. Y jugamos con fuego. Y nos quemamos. Y quedan cenizas donde antes hubieron llamas.

Y a veces es un naufragio. Y sólo hay una tabla a la que agarrarse. Y esa tabla se llama recuerdo. Y debemos decidir si dejarnos morir o intentar sobrevivir sin ella.

Y a veces es un disparo. Y la bala no tiene orificio de salida. Y no se puede sacar. Y has de morir o aprender a vivir con ella.

Y a veces es una puñalada. Y se clava en el corazón. Y es mejor dejarla clavado que arrancártela, porque sabes que si lo haces morirás.

Pero a veces se sobrevive a una tormenta.
Y a un vendaval.
Y a un huracán.
Y a un terremoto.
Y a un incendio.
Y a un naufragio.
Y a un disparo.
Y a una puñalada.
A veces, solo a veces… 

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As we are 

Publicado: octubre 6, 2016 en Uncategorized

Mucha gente dice: “Si sientes algo, demuéstralo.”

Yo pregunto: “¿de qué manera? ¿de la tuya o de la mía?”

Y es que ese es nuestro mayor problema, si no nos expresan los sentimientos de la misma manera en que nosotros los expresamos (o creemos expresarlos), los ponemos en duda, e incluso afirmamos que no existen.

Pero por suerte (o por desgracia), todos somos diferentes, todos tenemos un carácter, una personalidad y unas circunstancias concretas que nos hacen ser como somos, sentir como sentimos, y actuar como actuamos.

En los sentimientos no existe lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, porque lo que para ti es lo que se debe hacer, para mi puede no serlo, y viceversa.

Existen otras maneras de expresar además de la nuestra, y debemos aprender a entender otras formas de sentir, de querer, de demostrar, …

¿No es cierto que todos hablamos para expresarnos? ¿Y no es cierto que no todos nos  expresamos de la misma manera? Hay personas que hablan mucho y personas que hablan poco; personas que hablan muy rápido y personas que hablan muy despacio; personas que hablan muy alto y personas que hablan muy bajito; personas que gesticulan mucho y personas que no gesticulan: y así podríamos seguir con una larga lista de particularidades en la forma de expresarse de cada persona.

No juzguemos a los demás. Que no sientan y actúen como nosotros, no sinifica que no sientan lo mismo…

No vemos las cosas como son, las vemos como somos…

Naufragio

Publicado: octubre 4, 2016 en Uncategorized

Cuenta la leyenda que en un pequeño pueblo costero, había un pescador. Era un hombre bueno y noble, que nunca le negaba un favor a nadie y siempre estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran.


Cada mañana salía con su pequeña barquita a pescar. Al atardecer, cuando regresaba, todo el pueblo esperaba su llegada, pues siempre repartía entre los habitantes muchos de los peces que había capturado durante la jornada.

Un día, como siempre, cogió su pequeña barquita y salió a pescar. Era un día extraño, diferente. Había nubes negras en el cielo que anunciaban tormenta, pero decidió salir a navegar de todas formas. Esa tarde no regresó…

Todos los vecinos del pueblo fueron, como cada tarde, a esperarle. Viendo que no llegaba, regresaron a sus casas. La tarde siguiente, todos los vecinos volvieron a la playa a esperar al pescador. Tampoco llegó. Y así un día, dos, tres, … Al cuarto día, muchos vecinos (la mayoría) ya no fueron a esperar su regreso. Decían, enfadados, que el pescador había desaparecido dejándoles sin la comida que les proporcionaba cada día. Otros vecinos (algunos) si que fueron a la playa como siempre. Estaban preocupados, pues creían que era posible que algo malo le hubiera pasado. Deseaban que estuviera bien, a salvo, pero tampoco hicieron más por saber de él. Sólo un vecino, muy extrañado por tantos días de ausencia, decidió salir a buscarle. Cogió una barquita que estaba en la playa y navegó y navegó hasta que, a lo lejos, vio la barca del humilde pescador boca abajo. Cuando estuvo cerca, allí lo vio a él también, agarrado a proa, casi sin fuerzas, con dolor y tristeza en los ojos. Le ayudó a subir, no sin esfuerzo, con él a la barquita, le abrigó, le dio agua, algo de comer, y ambos regresaron al pueblo.

Algo así es la amistad. En los momentos buenos todo el mundo está a tu lado. Cuando algo va mal, muchos te olvidan, incluso te mal juzgan sin conocer las razones o motivos de una determinada actitud o situación. Otros (sólo unos pocos), se preocupan por ti, incluso te ofrecen su ayuda, pero quizás no la que en ese momento se necesita (tender la mano desde la orilla del mar es como decir frases como “si necesitas algo, dímelo”, “puedes contar conmigo para lo que sea”, “ya sabes dónde estoy”). En cambio una persona, sólo una, es la que realmente te ayuda, sin esperar a que lo pidas, sin esperar a verte hundido del todo.

Y es que, seguramente, muchos de nosotros nos hemos sentido náufragos en algún momento de nuestra vida. Algunas personas nos han olvidado. Otras nos han ofrecido su ayuda sin dárnosla. Otras nos han ayudado realmente. Incluso algunas veces, hemos tenido que volver nadando a la orilla sin ayuda de nadie.

Descosidos

Publicado: octubre 3, 2016 en Uncategorized

​Lamía de polvo el suelo aquella lluvia colérica como si cada gota tratase de horadar la piel del mundo, como si aquel plomizo cielo quisiera sacudirse de un plumazo el llanto contenido de cien siglos.

Llovía hasta doler y se masticaba el vértigo sobre las aceras. Dos peatones que se avistan bajo el horizonte de un paraguas quejumbroso y las palabras que se agolpan torpes en las comisuras tratando de reposar aquel aturdimiento sobre el aire denso que aún los distanciaba. Se sabían el amor a destiempo del tiempo, una vieja locura de verano imperecedero. Se sabían aquellas pasiones enterradas en la espalda, un infinito e inmortal amor vedado al presente; cercado por los años que cobardes jamás lograron hacer al final del uno el otro.

Llovía hasta rasgar el aire. Caminaban chapoteando hacia sí mismos hasta alcanzarse los pasos. Él aminoró la marcha y ella menguó su huella hasta levitar sobre aquel charco. Levantaron entonces los ojos, lentamente, cautos en la osadía de avecinarse sin llegar a detener por completo el latido de sus pasos.

Se buscaban torpemente el uno al otro bajo aquella y estruendosa cortina de agua, a escasos palmos de colisionar sus almas en pleno corazón del parque cuando un instante, un segundo… una centésima eterna antes de cruzarse para siempre, se descosieron la mirada. Una mirada sostenida en la nostalgia que hablaba de flores, de juventudes deshojadas a golpes de vida. Un par de pestañas gritándose vida, implorando un rescate que ya nunca llegaría. Fue un instante sin tiempo, sin aire en el viento que los despeinaba al rozarse… pero siguieron caminando.