Archivos para marzo, 2014

Silence

Publicado: marzo 31, 2014 en Uncategorized

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Sentada sobre la tarima, con las piernas cruzadas y sin ánimo de alzar la vista, desnuda de todo, como de él, vuelve a la niebla, la incertidumbre. El silencio en que vive le permite escuchar cada salto de la aguja del segundero, en el cuerpo de acero del reloj de cuarzo. Todo está reglado, preordenado, predeterminado… Tal vez todo esté predestinado. 

No puede evitar derrumbarse en la contemplación de este interminable desierto de mierda, bajo el que duermen los sentimientos, los sueños, la pureza, la verdad y la razón…

Una vez intentó ayudarle a pasar al otro lado, y juró curar las heridas de sus pies en la otra orilla, pero no pudo evitar desasirse de su mano, en el trayecto, y mirarle desde lejos, ausente, cobarde, o traidora. Después, le perdió de vista y se sintió culpable, mientras todo a su alrededor perdía color, como si su mirada fuera desvaneciéndose.

Ahora ha llegado a las yemas de sus dedos, ya de un color ambarino y casi mortecino. No podría siquiera acariciarle. Tal vez ya no sepa hacer eso. Y siente que su tacto es demasiado áspero para la piel de esa alma… En cada ocasión en que se acerca, termina por herirle, y entretanto, perdona todo lo imperdonable, redime lo irredimible… ¿No ha visto el frío semblante de su corazón de cartón-piedra? Opacaría el suyo, de perfecto brillo cristalino; es mejor que no se acerque demasiado. Es mejor y, sabiéndolo, algo le hace desearle por encima de todas las cosas, no le preguntes por qué… Cruzaría ese puente sobre la niebla en plena noche, desnuda de todo, como ahora, por llegar hasta su abrazo y sentirse viva con él, en él. 

Dobló el papel con cuidado varias veces, hasta construir un cuerpo geométrico, aristado y diminuto, que besó antes de dejar que cayera en el desorden de la papelera. Al rato, tomó el sobre entre las manos y fue rasgando su dirección, escrita unos minutos antes. En el cristal de su ventana empezaba a oscurecer. Pensó que era mejor que no supiera cuánto le quiere. 

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Absurdo

Publicado: marzo 13, 2014 en Uncategorized
Sentía que había llegado al punto sin retorno, ya no había marcha atrás, no podía hacer nada excepto asumirlo.

 

Se sentía perdida, se sentía sola, asustada, pero por supuesto, su orgullo le impedía mostrarlo, o tal vez el miedo…

El miedo a no saber enfrentarse con la realidad, el miedo a sentirse rechazada, a que el mundo que tanto le había costado tejer, se desvaneciera en la nada.

No era capaz de decir nada, pero si sus ojos hubieran podido hablar… las palabras se habrían desbordado por sus mejillas atropelladamente aterrizando contra el suelo. Quizás alguien las hubiera recogido, ordenado, para entender lo que su corazón escondía.

Oprimido, oculto, en una completa oscuridad, allí residía él, el único que sabía lo que pasaba por su mente, el único que sentía cuando se aceleraban sus latidos, cuando a veces, estaba a punto de romperse, cuando, a veces, quería dejar de latir.

Pero ese absurdo miedo era demasiado grande, demasiado inmenso, demasiado absurdo, y ella lo sabía, se daba cuenta. Pero le resultaba imposible hacerle frente, porque las veces que lo había intentado, abría la boca para pronunciarse, las palabras se extinguían en su garganta, y no podía producir sonido alguno.

Entonces se daba la vuelta cabizbaja, con esas frases echas un nudo en su estómago, o dando vueltas en su cabeza sin parar.

 

Cuando la noche caía, ella se acostaba, soñaba con sus palabras, soñaba con un mundo en el que era capaz de hablar, sin miedo a nada, y observaba las reacciones de la gente. Pero incluso cuando dormía, a veces, el miedo se adentraba en sus sueños, trasnformándolos en pesadillas, cuando ella decía lo que sentía, todo le daba la espalda, todo se burlaba de ella y se sentía pequeña e indefensa. No tenía donde esconderse.

Todo resultaba tan complicado, o será que lo complicaba ella…

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El espejo

Publicado: marzo 10, 2014 en Uncategorized

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Se levantó de la cama como un día cualquiera. Se restregó los ojos y bostezó estirándose con la estudiada pereza matinal de todos los días. Se aseó, arregló y desayunó igual que cada mañana. Salió a la calle, tan ufano como siempre, compró la prensa diaria y se dispuso a recorrer el trayecto de costumbre para llegar a su trabajo.

Pero hoy era diferente. Al doblar la esquina se vio en un sitio en el que no había estado nunca. Una calle vacía y desierta por la que apenas volaba una ráfaga de viento y la cual desconocía por completo.

Anonadado intentó volver atrás para regresar a su rutina pero no había ninguna travesía de vuelta a su ciudad. Comenzó a andar por la solitaria calle hasta que a lo lejos vio una silueta en la carretera. Se acercó con la intención de preguntar como llegar a su destino. Su sorpresa fue mayor cuando vio que el personaje era un niño pequeño, de cuatro a cinco años, que le daba la espalda.

Pablo titubeó antes de hablar ya que el niño parecía muy concentrado con la vista perdida en el infinito horizonte.

– Hola, pequeño. ¿Dónde están tus papás? – dijo tocándole en el hombro suavemente mientras esbozaba una sonrisa.

– Y ¿los suyos? – replicó la voz infantil sin girarse ni moverse un ápice – ¿Dónde están sus padres?

– Mis…. ¿padres? – atinó a decir Pablo visiblemente asombrado por la respuesta – Bueno, y ¿crees que hay alguien por aquí que pueda darme unas indicaciones para encontrar el camino? Me he perdido.

– ¿El camino? – contestó el niño con inuisitada seguridad – ¿El camino a dónde? A su trabajo, a su casa, a su vida…. ¿A dónde quiere llegar, Pablo?

La sorpresa fue brutal. No acababa de entender las respuestas del niño ni mucho menos las concisas preguntas. Tampoco acertaba a comprender como sabía su nombre. Rompiendo el hilo de sus pensamientos el crio volvió a hablar.

– Realmente ¿puede decirme dónde quedaron su infancia y sus anhelos?

– Mi…. ¿infancia….? – apenas pudo trastabilear las palabras mientras una multitud de recuerdos le abordaban transladándolo a años pasados: su madre arropándole por las noches, el balón que le regalaron en su séptimo cumpleaños, los primeros entrenamientos, sus clases en la escuela, la ilusión de ser periódista, la mano de Anita entrelazándose con la suya detrás del pino del patio, las ganas de ir a la ciudad…

La vocecilla irrumpió en su mente con cierto tono de desprecio y de compasión a la vez

– ¿Dónde está todo aquello?

En un instante se vio cayendo por un oscuro pozo sin fin mientras intentaba, en vano, gritar y asirse a algún sitio a la vez que sus ojos solo veían el gesto despectivo que el rostro del niño, el cual no había visto hasta a entonces y le resultaba vagamente familiar, le dedicaba.

Se incorporó como impulsado por un resorte, jadeando y empapado en un sudor frío; apartó la sábana y retiró la almohada empapada. La pregunta le martilleaba la cabeza: “¿El camino a dónde?”. Se sentó en el borde de la cama posando los pies en el suelo creyendo sentirse más seguro por tener un punto de apoyo de lo que para él era el mundo tangible.

– ¡Estúpido sueño! – murmuró irritado. No le molestaba tanto el hecho de no comprenderlo sino que le preocupara y afectara tanto una simple ensoñación de su imaginación.

Se levantó y en el baño comenzó a lavarse la cara con agua fría para despejarse. Se miró en el espejo. Su rutina nocturna se había roto y él no estaba tan descansado como de costumbre. Bajo sus ojos se percibían unas notables ojeras y en su rostro decataba el cansancio difuminado por todos lados. Parecía agotado y… envejecido. Cerró los ojos exhalando un suspiro.

<< Ese es el reflejo de tu vida. Tu vida desaprovechada y malgastada. Tu vida casi acabada porque no has sabido vivirla. Tu tiempo se va…>>

Pablo abrió los ojos y su propio reflejo le devolvió la mirada frío, impávido su semblante y dura su expresión.

<< Has visto lo que tuviste, lo que querías, lo que podrías haber logrado… Ahora ves en lo que has convertido: un desecho sin pasado ni futuro, sin ansias de vivir ni de disfrutar. Lo único que te motiva es mantener tu rutina. Y lamento decirte que eso es algo que no estoy dispuesto a permitir. Tú tiempo se ha acabado>>

– Pero…. – protestó Pablo gritándole al espejo – ¡Yo he sido lo que esperaban de mí!

El reflejo continuaba mirándole, inmune a su temor y a su voz.

<< Y eso ha bastado para condenarte a perder lo poco que supiste ganar>>

La luz le cegó, un brillo insoportable que no le permitía distinguir nada. Y poco a poco, el fulgor se desvaneció, tan rápido como había aparecido. De repente Pablo se vio postrado en una cama. Se hallaba en una habitación fría y desolada. Apenas había muebles, tan sólo un sillón en una esquina de la estancia, la cama en la cual estaba, una mesita al lado con un vaso de agua y una ventana que estaba cerrada a cal y canto impidiendo el paso de cualquier rayo de sol. El ambiente estaba cargado y la falta de luz junto con las desnudas paredes le ahogaba.

Pablo tosió. Una tos seca y fuerte. Estiró su mano para cojer el vaso de agua. Su pulso temblaba y antes de que el líquido mojara sus labios había derramado cerca de la mitad del contenido con los temblores que le embargaban. El intentar dejar el vaso de nuevo sobre la mesa fue un suplicio y el transparente cristal se resbaló entre sus dedos cayendo al suelo y destrozándose mientras vertía el agua por el suelo. Su respiración se tornó trabajosa. El esfuerzo le había agotado de tal forma que apenas logró reclinarse intentando normalizar sus inspiraciones. Una angustia desconocida le invadía a la vez que la impotencia. No entendía nada pero era muy consciente de su incapacidad física. Trás un rato de desasosiego se percató de que estaba agonizando.

¿Era así como habían fallecido sus padres en aquella residencia de ancianos? ¿Sólos y sin poder respirar? ¿Sin una mano a la que agarrarse para hacer huir el miedo? ¿ Sin nadie que se preocupara por hacerles saber que estaba allí? ¿Sumidos en ese constante desasosiego y soledad?

Entonces, sin poder evitarlo, las lágrimas le cegaron. Ni siquiera estaba seguro del motivo de su llanto por lo que un vestigio de orgullo le impulsó a secarse las lágrimas. A los pies de su cama estaba el niño pero ya no le mostraba un gesto de desprecio sino que le sonreía.

– ¿Por qué?

Esas fueron las únicas palabras que pudo pronunciar Pablo.

– Era lo que usted deseaba. Se vio frustrado hace mucho. Intentó seguir pero no supo adaptarse. No supo evolucionar ni mejorar. No buscó perfeccionarse para su propio deleite. Unicamente se estancó u logró mantenerse estable de tal forma que perdió su felicidad y su capacidad de encontrarla. Se olvidó de ella. No pudo entender el sentido de la vida. Ni se molestó en intentarlo. Simplemente, se dejo consumir. Y el tiempo que usted no controló se ocupo de ello: de pasar y consumirle. Este ha sido el final que eligió. No hizo nada por cambiarlo. Antes o después. Era inevitable.

– Era inevitable porque el mismo no quiso evitarlo – Pablo oyó su propia voz que provenía de la esquina en la que se encontraba el sillón. En la oscuridad una suave luz surgió y Pablo se vio sentado en el sofá. Era él. Bueno, no podía ser él porque… él estaba tumbado en la cama.

– Tu…. eres yo…. – susurró Pablo desde la cama.

– No. Yo era tú. O mejor dicho, tú fuiste yo. – replicó su imagen. Parecía una broma macabra. Era igual que él… la última vez que se miro al espejo. – Sé lo que estás pensando. De eso hace mucho tiempo ya. Él te lo explicó – dijo señalando al niño con un gesto de cabeza – el tiempo pasó pero no supiste, o no quisiste, darte cuenta. Todo era tan igual que no te has dado cuenta de cuan rápido pasa el tiempo. También yo te lo dije la primera y última vez que nos vimos. Sí, la útlima vez que te viste. La postrera vez que te miraste al espejo. Tu tiempo se estaba acabando. Lo malgastaste y se terminó velozmente.

– No puedo… – se detuvó para respirar y acabó la frase entre jadeos intranquilos – morir… aun…

– ¿Por qué no? – respondió su reflejo en tono burlón. – ¿Qué te retiene? ¿Qué es lo que te falta por vivir y por ver? Has tenido tu infancia y tus juegos, tu juventud y placeres, tu madurez y tus obligaciones, tu vejez y tus sufrimientos. Para ti más breves y efímeros, es cierto, pero eso es sólo culpa tuya. Tu corriste demasiado, no supiste apreciar los detalles.

– No le atormentes más – irrumpió el niño.- No ha sabido jugar la partida y ha perdido sin darse cuenta. Le hemos explicado el final de la jugada pero ahora ya de nada sirven los reproches.

– Soy…. joven – insitió Pablo.

– No, usted ya no es joven – dijo el niño sonriendo y acercándose a él. El niño le cojió la mano con suavidad.- Entérese de que ya no le queda tiempo. Se acabó.

Pablo agachó la cabeza y se fijó en la manita del pequeño durante un instante para luego darse cuenta de que su mano parecía una garra de la mismísima muerte. Su mano, arrugada y huesuda, que asía con debilidad la del niño era la mano de un cuerpo consumido.

– No te preocupes, Pablo. Ya falta poco. – habló su reflejo en tono condescendiente. – Alégrate. Te hemos dado alas. Estabas prisionero y te hemos devuelto tu libertad. Ahora no acabas de entenderlo ni sabes apreciarlo pero te darás cuenta más adelante. Cuando quieras entenderlo, lo harás.

Pablo cerró los ojos. Realmente no comprendía nada. Y la visión de si mismo encarnado en ese ente que le criticaba con tanta acritud aparecía y reaparecía en su mente una y otra vez eclipsado de vez en cuando por el rostro infantil sonriéndole. Fue entonces cuando se reconoció a si mismo en ese niño. Abrió la boca para intentar hablar pero la costosa respiración se lo impidió.

– Quiere un espejo – indicó el niño

– Lo sé – respondió el reflejo de Pablo mientras se levantaba del sillón y acercaba a la cama un gran espejo de pared. – es su último deseo. Espero que con esta visión comprenda todo. Sino enloquecerá.

– ¿Crees que importa mucho enloquecer un minuto antes de morir? – preguntó arisco el niño esta vez. – La locura nunca le embargo en vida, no creo que importe mucho si le alcanza a un paso de desaparecer. Sus pensamientos, su mente…… todo se extingirá. Incluso tu y yo. Creo que no hace falta recordarte que formamos parte de él.

– Evidentemente no. Pero esa era nuestra misión. – musitó el ente mientras sujetaba el espejo ante Pablo.

Pablo no podía salir de su asombro. Era… el vivo reflejo de su abuelo… ¡sólo que más viejo! ¡Maldición! Tenía tantas preguntas y tantas dudas que ahora le acechaban. Además, el simple hecho de saber que la muerte le aguardaba le hacía arrepentirse y recordar cada uno de esos segundos malgastados durante toda su vida. Era tanto lo que había perdido. Se sentía enloquecer de dolor. Pero no un dolor físico…. era un dolor mental. Cuando vio que la dama que se encarga de sesgar las vidas le tendía la mano Pablo sólo pudo volver a mirar al espejo y a los dos entes que le miraban desde cada lado de la cama: el niño Pablo y el hombre Pablo… mientras tanto, él, allí, yaciendo cual un espectro en la cama, cerró los ojos siguiendo la trayectoria de su destino. En ese mismo instante, tanto el reflejo de Pablo en el espejo, como el que sujetaba el espejo y el niño que observaba desaparecieron.

Y el espejo cayó al suelo, haciéndose añicos.