Archivos para diciembre, 2013

Falling down

Publicado: diciembre 10, 2013 en Uncategorized

¿Será que la Luna Nueva es el preludio a una nueva vida?

Da igual, la felicidad no se puede explicar.

Aquella noche la luna parecía quererse apagar ante la inmensidad del cielo.

Dos jóvenes, ante la falta de luz, vieron la posibilidad de buscar aquellos lugares donde sus deseos más ocultos se podían realizar. Tuvieron instantes de eternidad: roces espontáneos, susurros furtivos, un abrazo cálido y sincero, y como siempre, les volvió a costar menos pensar que ser.

De aquella noche, sólo queda un sombrero que ella se llevó y el recuerdo, el idioma de los sentimientos; y sí, ella le echa en falta y le encantaría que le volviera a explicar un gran pedazo de su vida. Querría que le encandilase, que le hiciese reír, escucharle, entenderle… y a poder ser darle parte de esa plenitud que le hace sentir cuando está con él.

A cada día que pasa, él pide perdón por excusarse por su ausencia pero la mente de ella no consigue entender y sufre porque le duele ver que él se siente cerca pero sus pasos, en cambio, se alejan de ella.

¡Pobrecillos!

Están consintiendo a cada instante que la realidad se les huya entre los dedos y la tienen ahí, casi perfecta, como un arco-iris saltando del pulgar al meñique e incomprensiblemente… ¡se les escapa!

Seguramente seguirán siendo dos desconocidos del ayer y del mañana para el mundo aunque estoy convencida que continuaran andando sin buscarse pero sabiendo que andan para encontrarse.

No me hagáis caso, sólo soy una vieja narradora que da forma de cuento a los rumores que oye… palabras, metáforas como la mariposa que acaba de entrar en mi habitación, perdida, obnubilada acaso por la luz que puede suponer su perdición.

Ironías que deshacen y construyen, a la vez; sin destruir las verdades, sólo confirmándolas.

Frozen

Publicado: diciembre 4, 2013 en Uncategorized

No es que me resultara desagradable el invierno…

Nada más lejos de la realidad. Lo prefiero en vez de ese axfisiante verano que endulzaba las papilas y envenenaba la cabeza.

Me gustaban los paseos por la dorada arena mientras las olas besaban mis  pies descalzos. Puedo echar de menos que algunos rayos se colasen entre las ramas de aquel castaño, dorando puntos tan lejanos del mapa extendido de mi piel. Adoraba, ¿por qué no decirlo?, la tranquilidad y el ritmo febril que convivían de la mano en aquel estío imposible de mi vida.

Pero, aunque se hizo de rogar, aunque se extraviara por el camino o se entretuviera con alguna ramera desvergonzada, llegó el invierno. Blanqueó los tejados, llenó los pastos de níveas dunas, congeló el regacho y se instaló en mi pecho.

Así fue como me paralizó los dedos, que cansados y artríticos, con mil caricias contenidas, decidieron que no tenían derecho a rozar una piel que supiera apreciarlos.

Petrificó mis piernas, dejándome tirada a mitad del camino, abrazada por las ventiscas que me enredaban el pelo y enrojecían mi nariz, se dieron cuenta de que ya no había camino por delante más alla del infinito horizonte.

Cegó mis ojos, pintando todo de una blancura tan brillante que casi resultaba imposible abrirlos, condenados a no volver a verse reflejados nunca en una mirada que quisiera encontrarlos y no solo tropezarse con ellos.

Inundó mi mente, de agua tan fría y helada que el más mínimo pensamiento dolía tanto. Y decidió apagarse, no volver a idear ni a mandar sobre el marchito cuerpo que el invierno poseía centímetro a centímetro, a pasos agigantados, mientras corrían los segundos sobre la nieve tan fugaces que no dejaban ni una huella para poderlos encontrar.

Y poco a poco, el frío más extremo terminó congelando el corazón que hacía tiempo ya yacía, cansado de latir por noches que nunca pasarían a ser una historia, golpeado por historias que nunca pasarían de ser una noche…