Viviendo deprisa

Publicado: febrero 14, 2013 en Uncategorized

Vivimos aprisa la vida. Andamos ansiados, estresados, porque nos lanzamos al hacer, al tener, al poseer, al aparentar, a la moda, a la adquisición que nos ofrece la sociedad de consumo y cruzamos la vida sin vivirla, sin gozarla, sin sentirla, ni experimentarla en su sentido más originario, cuando nos dirigimos y nos administramos nosotros nuestros días.

La vida nos ofrece constantemente su atención, sus dones, sus dádivas, sus regalos… toda ella se nos ofrece en la más pura esencia, pero nosotros andamos ocupados en las funciones diarias, en la presencia e imagen que ofrecemos al exterior, y de vez en cuando, la vida nos sacude dándonos la oportunidad de vivir y ver las cosas que realmente son esencia de la vida. Nos ofrece la ocasión de ladear el exterior y acercarnos a la verdad que nos habita.

Lo cierto es que cuando experimentamos esa cercanía, ese posible y a la vez desconocido encuentro, nos surgen raras elucubraciones, nos provoca espacios de “soledad”, cambios en nuestra rutina, enfoques distintos, unas sensaciones que nos pueden provocar indudables reflexiones que no nos apetecen demasiado, por no decir que no nos interesan nada, ya que todo encuentro implica la alteración de las costumbres, de lo adquirido, de lo cómodo, de lo conocido.

El Dios de la vida, la trascendencia, aquello que no sabemos decir, explicar, ni entender, está ahí, pero no tenemos tiempo, es algo que dejamos para otros momentos más apacibles, con menos trasiego y por supuesto para épocas en que no tengamos nada mejor que hacer.

La vida nos rodea, nos envuelve, nos cuida y nos quiere, el alma que habita en cada uno de nosotros es paciente e incansable, nos ofrece constantemente la posibilidad de adentrarnos, de buscar nuestro bien y nuestra verdad, una y otra vez, porque la vida de este cosmos no tiene ninguna prisa, tiene toda nuestra eternidad para hacérsenos presente.

Es como un eco de esa voz vital, de esa voz cósmica, de esa vida etérea, sus palabras sencillas, cercanas, modestas, nos van acercando a esa andadura hacia el camino interior, hacia ese encuentro del espíritu de la vida con el alma, nuestro ser más escondido, nuestro ser verdadero, lugar donde se aloja nuestro hondo sentir, donde nada nos puede fallar, donde nada nos puede engañar, donde siempre vamos a hallar, donde siempre nos podemos encontrar.

El tiempo no existe en este camino, las palabras no son sonoras al oído sino al corazón, las respuestas que entreveamos no siempre son nuestras respuestas, ni pueden responder a nuestros deseos, pero si realmente algo se nos hace presente y ese algo sale y nace del corazón… ese es el bien y la verdad de nuestro camino.

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